
En la iglesia de Saint Sulpice, en París, junto al obelisco que supuestamente esconde el secreto del Santo Grial, hay un mensaje para los peregrinos de “El Código Da Vinci”: “Al contrario de lo que se afirma en una novela de moda, esta iglesia nunca fue un templo pagano”. ¿No sería mejor organizar visitas guiadas previo pago de diez euros para explicar a la legión de “código maníacos” que el obelisco forma parte, en realidad, de un calendario solar? Luego que cada uno piense lo que quiera, pero el párroco ha hecho caja, ha soltado su discurso desmitificador con una sonrisa pintada en la cara, ha quedado como un tipo simpático, nada conspirador, y ha mostrado a los turistas los tesoros de Saint Sulpice, que es de lo que se trata.
En París hay 25 agencias que explotan el filón. Una de las visitas obligadas es el Louvre, donde los guías -no del museo, por cierto- desnudan las meteduras de pata de Brown (ese cuadro de Caravaggio que una persona jamás podría levantar...), pero los fans tragan que da gusto, porque el libro les pone, la película les pone, y sueltan la pasta (unos cien euros) por estar en las localizaciones del “Código”.
Creo que el argumento se puede extrapolar a los lectores de prensa. Veremos si lo entiende quien tiene que entenderlo.
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