23 marzo 2009

EL SERMÓN

Catedral de Astorga, 12:15 de la mañana del domingo. Una de las torres está llena de andamios. Me acuerdo del reportaje de 25 páginas sobre el patrimonio artístico español en peligro que publiqué con mis socios J. F. Alonso y C. Pastrano en el glorioso "Blanco y Negro" de los años 90. Eran tiempos felices, sin crisis ni EREs. Este templo salía en aquel reportaje con sus males de piedra. Tres lustros después, no han terminado las obras de restauración. Probablemente no acaben nunca. Pero me estoy desviando. Entro y me siento reconfortado por el microclima de fresquera característico de las viejas iglesias. El párroco (o lo que sea en una catedral, perdón por mi ignorancia) está oficiando una misa. El crucero y la girola están vedados para respetar el culto, así que camino en dirección contraria y miro aquí y allá, pero el sermón me distrae de tal forma que tengo que reconocer que no recuerdo lo que vi. El predicador defiende la campaña antiabortista de la Conferencia Episcopal, que afirma que en España un embrión humano está menos protegido que el de un lince. A pesar de la polémica, esta iniciativa de los obispos me parece ocurrente y tiene un trasfondo de razón. Pero la homilía acaba metiéndose en el charco africano del sida y de los condones, en el empecinamiento de Benedicto y de sus predecesores en resolver los males del mundo con la abstinencia. Y no se sostiene. Miro la cara de los feligreses que me pillan más cerca y no atisbo reacción alguna, aunque quiero creer que la mayoría no aprueba la condena de los preservativos que realiza el Papa. Si la vida del feto es sagrada no lo es menos la de millones de personas que no practican la castidad en África y son pasto de una terrible enfermedad. Salgo de nuevo a la primavera sofocante y pienso que a la Iglesia no le han puesto nunca andamios para lavarle la cara como a la catedral de Astorga, y así luce tantos siglos después...

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