08 febrero 2010

EL VIAJE DE UN PADRE Y UN HIJO SIN NOMBRE

En el manual de instrucciones que el superviviente adulto, alerta y desconfiado, consciente del horror que le rodea, que arroja su anillo al cenicero del mundo para borrar esos flashbacks agridulces con el rostro de Charlize Theron, le cuenta cada día al superviviente niño, guardián de la inocencia y el fuego interior, hay una última norma que cumplir cuando todo lo demás ya no sirve: abrir la boca, introducir en ella la punta de la pistola y descerrajarse un tiro. Es quizás ese momento el que más me sobrecogió de un montón de momentos sobrecogedores de "The road" ("La carretera"), extraordinaria película que ha sido la gran olvidada en los Oscar (el asunto es más sangrante si se tiene en cuenta que este año han ampliado a diez el número de filmes nominados al premio gordo). El (hasta ahora para mí) desconocido director australiano John Hillcoat se ha basado en la novela de Cormac McCarthy, ganador del Pulitzer y autor también de "No es país para viejos", para mostrarnos el viaje postapocalíptico de un padre y un hijo sin nombre. No hay muchas explicaciones más allá de lo que se ve: un mundo calcinado, fotografiado por Javier Aguirresarobe, donde acechan los muertos de hambre que resuelven el problema sacando lo peor de sí mismos. Hay, en cambio, un canibalismo peor que el físico: aquel que devora la humanidad de Viggo Mortensen, que encuentra la réplica en la compasión de Kodi Smit-McPhee. El hijo es para el padre el último dios en esa carretera donde los demás dioses han desertado. El trabajo de Mortensen tiene tantos matices, de la dureza a la ternura, de la crueldad al miedo, que se quedará para siempre alojado en la memoria de los buenos aficionados al cine, a pesar de los no-premios. El final, dos días después de haber visto la película, aún me visita: no sé si quedarme con la desolación o la esperanza. Tal vez para resolver la duda haya que alejarse de la carretera.

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