03 noviembre 2009

CARLITOS Y EVITA QUE ESTÁIS EN EL CIELO

"¡Ese Carlitos!", grita la platea. Claque o espontáneos, quién lo sabe. Carlitos no es Gardel, pero como si lo fuera. Mismo pelo engominado, mismos gestos, misma presencia imponente en el escenario, misma voz (o así queremos creerlo). Y suenan sus clásicos. "Mi Buenos Aires querido", "Volver", "El día que me quieras"... (El día que me quieras no habrá más que armonías, será clara la aurora y alegre el manantial. Traerá quieta la brisa rumor de melodías y nos darán las fuentes su canto de cristal. El día que me quieras endulzará sus cuerdas el pájaro cantor, florecerá la vida, no existirá el dolor... La noche que me quieras desde el azul del cielo, las estrellas celosas nos mirarán pasar y un rayo misterioso hará nido en tu pelo, luciérnaga curiosa que verá que eres mi consuelo). En la Esquina Carlos Gardel, en la capital argentina, se pueden degustar platos llamados "Rubias de Nueva York", "Me da pena confesarlo" y "Recuerdo malevo" mientras se disfruta del espectáculo. Aquí estuvo en tiempos el Chanta Cuatro, restaurante y hotel familiar donde Carlitos Gardel, el de verdad, solía reunirse con sus amigos a cenar, cantar miolongas, echar unas risas... o, simplemente, dejar pasar la noche hasta el alba. El lugar está situado en el barrio del Abasto, el del mercado que respiraba trabajo de día y tango de noche, y allí esta música hecha de puro sentimiento se convirtió a finales del siglo XIX en la banda sonora del pueblo.

Tal vez aquel pueblo al que cantó Gardel fuera el mismo que Evita arengó desde un balcón de la Casa Rosada, la tropa de descamisados que la convirtió en una santa, aunque en este caso no exista la misma unanimidad que con el "zorzal criollo". El recorrido del Museo Evita empieza con la muerte y, en consecuencia, el nacimiento del mito de Eva Perón. Mito blanco y mito negro, defensora de los humildes y cómplice de una mentira que se sostuvo mientras las vacas fueron gordas. Que el visitante saque sus propias conclusiones. Ana María, guía del museo, no toma partido, pero sí tiene una frase favorita del personaje: "Cuando los ricos piensan en los pobres... piensan en pobre". Es decir, su hoja de ruta es la limosna y la conmiseración en vez de acortar distancias. No está claro que Evita se aplicara el cuento. En el primer gobierno (1946-52) de Juan Domingo Perón en Argentina sobraba la plata y Evita repartió juguetes y neveras entre los menesterosos propios y ajenos, tanto que su fama traspasó fronteras. Como primera dama glamourosa y carismática hizo historia mucho antes de la llegada de Jackie Kennedy, y sus discursos y personalidad agigantaban su corta estatura física. Dejó un cadáver joven y, visto lo visto, sólo le faltó ganar el Nobel de la Paz por sus buenas intenciones. Su tumba es la más visitada en el impresionante cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires. Una placa con su efigie incluye la frase: "Volveré... y seré millones". Ana María afirma que Evita nunca dijo eso. Pero los mitos adquieren vida propia más allá de la verdad o la razón.

(Publicado en el blog de ABC Viajar).

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