26 diciembre 2008

LA DISOLUCIÓN DE LA COMUNIDAD

Crisis de la prensa, fútbol, teatro, cine, viajes y otros temas mundanos en apenas diez minutos de tertulia. Mejor en el pasillo, que hace más fresco, después de sacar los correspondientes cafés con avellana de la máquina expendedora del presunto bar, a veces un capuchino, un poleo menta o una botella de agua. El ritual se ha repetido en sesión de mañana y tarde durante varios años. Una licencia de veinte minutos al día para cuatro no fumadores parece razonable. Y el convocante, casi siempre, ha sido el mismo: alguien que, estos días, con poco más de 50 años a sus espaldas, en lo mejor de su carrera profesional, un tipo culto, amable y cabal, resulta ser un desecho para los timoneles de la empresa. Por encima de sus cualidades periodísticas es mi amigo, así que me partiré la cara por él, advierto. Sé por experiencia propia que detrás de estos descarrilamientos no hay nada personal, sino la incompetencia de quien dilapida un patrimonio intangible para que le cuadren los números, aunque siempre hay un tonto útil que le pone el cascabel al gato y une a la gestión la desfachatez de soltar a la víctima un discursito complaciente y, lo que es peor, de darle una palmadita en la espalda a modo de despedida. "Contamos contigo", como el viejo lema del régimen. Y el ejecutado en cuestión, que es buena gente, pone cara de "con este beso me entregas, Judas", recoge sus cosas, mete los archivos útiles en un pen drive y se toma el último café avellana en ese desangelado pasillo donde hemos intentado arreglar el mundo. La comunidad del cafetillo, como dice con humor, se disuelve, pero estoy convencido de que se refundará fuera de estas paredes y de estas fatigas y que pronto el alguacil será alguacilado (postrer guiño quevediano para un amante de la escena).

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